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¿Cómo aliviar el malestar emocional en los niños?

Los seres humanos somos mamíferos y, como tal, somos seres de apego que nos reunimos a formar diferentes manadas. La manada da sentido de pertenencia y seguridad. Esto es coherente con lo que observo a diario en la práctica clínica. La mayoría de las personas expresa la necesidad de sentirse seguros, contenidos y con un sentido de pertenencia a algún tipo de grupo o relación que les permite refugiarse y sentirse en confianza y protegidos cuando se presenta algún tipo de problema.

Para los niños y adolescentes, este espacio seguro debiese ser primariamente la familia dado que es el núcleo principal desde donde inicia su desarrollo. Los hijos necesitan sentirse seguros, vistos, escuchados, validados como seres únicos y dignos de amor. Para esto, es necesario que los adultos a su cargo los hagan sentir así. En relación a esto, en Psicología hablamos de contención emocional.

¿Qué es la contención emocional?

Es aquel estado empático y amoroso de disponibilidad afectiva que una persona otorga a otra cuando necesita ser apoyado y validado por encontrarse atravesando algún tipo de dificultad o estado emocional displacentero que le genera malestar significativo. Es decir, realizar contención emocional es disponernos afectuosa e intimamente para acompañar, sostener, guiar las emociones displacenteras de otros, Es estar, libre de juicios, para un otro en necesidad.  

¿Cómo puedo contener a mi hijo en sus emociones? A continuación, comparto contigo algunos pasos importantes:

  1. Detectar e identificar las señales comunicativas: Esto es detectar cuáles son las emociones de nuestros niños y adolescentes, y a qué conductas se asocian. Responde a la pregunta: ¿Qué estará sintiendo mi hijo? Para ello, es importante observarlos para así conocer qué tipo de eventos y situaciones gatillan dichas emociones y conductas. Por ejemplo, “cada vez que mi hijo se cae, siente miedo y comienza a buscarme con la mirada”. La idea es que, como padres y adultos a cargo, seamos expertos lectores de las emociones de nuestros hijos y así, podremos dar una respuesta atingente, acorde a su necesidad. Para esto se requiere algo que en psicología llamamos sensibilidad materna/paterna. No te preocupes, esta habilidad se entrena. Para eso, debes partir por entrenar tu capacidad de ser un buen observador de diferentes situaciones cotidianas. Un modo de comenzar es autoobservarte. ¿Cuáles son mis emociones predominantes?, ¿en qué momento se activan?, ¿qué hago cuando eso sucede?
  2. Interpretar las señales y emociones: Esto implica realizar un reflejo empático y amoroso de las emociones que estamos detectando en los niños y jóvenes. Para ello, pongo nombro a la emoción y le doy una interpretación, no a modo de imponerla al niño/adolescente (siempre podemos estar equivocados), sino a modo de ayudarlo a verse a sí mismo y comprender lo que está sintiendo. Por ejemplo: “Veo que estás asustado (luego chequear) ¿es así?, ¿qué será lo que te dio miedo?, ¿puede ser que hayas sentido que yo estaba enojada contigo porque te dije que no compraríamos otro juguete y eso te asustó y por eso estás llorando?”, etc. Muchas veces los niños y jóvenes sienten las emociones como una sensación de incomodidad y displacer, pero sin lograr entender realmente qué les pasa o por qué sienten lo que sienten. En ese sentido, los adultos tenemos un rol importante para ayudar a los más pequeños a desarrollar lenguaje emocional y autoconocimiento.
  3. Validar las emociones: Es importante que siempre tengamos en cuenta que no existen emociones buenas o malas. Simplemente son. Existen. Son parte de lo que implica ser humano. Por lo tanto, propongo comprender las emociones como aquellas que nos resultan placenteras y aquellas que nos resultan displacenteras (aunque aun así esa categorización no me agrada del todo, pero al menos es más amigable que catalogar entre bueno o malo). Validar la experiencia emocional implica respetar que las personas tenemos derecho en todo momento a sentirnos como nos sentimos, dado que las emociones simplemente emergen. Esto significa que, por el sólo hecho de que una emoción aparece, es válida como tal, y es eso justamente lo que debemos transmitir a los niños. Finalmente, el problema no es la emoción que emerge, sino el cómo es manejada por el niño/adolescente y los adultos a su cargo. Por lo tanto, es de extrema importancia no juzgar las emociones de nuestros hijos (ni las propias que emergen en la maternidad/paternidad). La tarea es convertirse en el mejor acompañante de la emocionalidad del niño/adolescente, dejando los juicios entre paréntesis. Se trata sólo de estar, escuchar, acompañar, sin intentar resolver nada, brindando un espacio amoroso y seguro donde no hay peligro alguno en emocionarse. Algunas frases que pueden ayudar en estos momentos son: “Te entiendo, muchas veces yo siento pena también, es humano (aquí puedes dar un ejemplo muy simple y concreto de cosas que te dan pena, siempre filtrando problemas mayores de los adultos que sólo deben quedar entre adultos. La idea es sólo ejemplificar para empatizar y contener)”. “Estás asustado, te entiendo tanto. A veces yo también siento miedo de…”, etc.
  4. Responder de manera atingente y a tiempo para regular las emociones: Es muy importante no dejar pasar mucho tiempo sin dar respuesta desde que nos percatamos del estado emocional displacentero de nuestros hijos. A medida que el tiempo avanza, aumenta la intensidad de la emoción y será cada vez más difícil regularla y contener emocionalmente al niño/adolescente. En estos estados, el sistema nervioso está hiperactivo, todos los sistemas de alarma encendidos, el cuerpo listo para el combate o la huida, se secretan neurotransmisores del estrés, disminuyendo la capacidad lógica para razonar. Es por esto que la compañía amorosa, calmada y a tiempo es lo más importante. No es ese el momento de intentar dialogar en profundidad con el niño ni de hacerlo reflexionar. Responde de manera concreta, según las necesidades y gustos de tu hijo, para que puedas ayudarlo a calmarse y distraerse. Algunas preguntas útiles son: “¿Qué necesitas en este momento?”, “¿De qué manera puedo ayudarte?”. Dale opciones, dado que le costará responder. “¿Y si te doy un abrazo crees que te sentirás un poco mejor?”. Habrá niños que lo querrán inmediatamente. Otros lo rechazarán. Acepta y valida eso, no fuerces nada. “Te entiendo. Quizá estás muy enojado. Pero no estás solo. Voy a estar aquí, al lado tuyo, acompañándote para cuando me necesites”. Ofrece también opciones que le permitan desviar su foco de atención a otra cosa, por ejemplo mostrándole algo que le gusta mucho, pero siempre con suavidad y sin intentar imponer nada.

 

Como estrategia para acompañar todo lo ya explicado, te sugiero que bajes a su altura física. La idea es que puedas mirar a tu hijo a los ojos y que él pueda mirarte a su misma altura, lo que evitará que se sienta amenazado (el lenguaje no verbal tiene un poder inmenso, sobre todo considerando que es el que más comunica, en contraste con el lenguaje verbal).

Todo lo anterior permitirá que tu hijo se sienta seguro, comprendido, valorado, amado, visto por ti, ya que habrás sido capaz de leer sus necesidades y emociones por lo que habrás ejecutado respuestas en coherencia a ello. En consecuencia, paulatinamente la intensidad de la emoción disminuirá y tu hijo retornará a su estado de calma.

No siempre va a resultar al primer intento, ni al segundo, ni al tercero… quizá el cuarto intento tampoco. En esos casos sugiero: ¡Paciencia! Todos los niños son diferentes, porque todos los días nos sentimos diferente, niños, adultos, todos, esto es transversal. Habrá días en los que te sientas más tolerante, paciente y tranquilo como madre/padre, habrá días en los que estés más cansado. ¡Y a los niños y jóvenes les pasa exactamente lo mismo! Además, cada situación es diferente, por lo que estos consejos y pasos no son la solución mágica a los problemas, sino más bien son estrategias que se ha comprobado que son efectivas y que deben ser tomadas como una guía que tendrás que ir ajustando a medida que vas profundizando en el conocimiento que tienes de tu hijo. Estas estrategias se ensayan, se practican, hasta descubrir qué funciona y ayuda de mejor manera a tu hijo, de qué modo, en qué ritmos y momentos, etc.

La autorregulación es clave para contener

Realizar contención emocional es un gran desafío no sólo porque implica conocer las particularidades de cada hijo sino, además, porque es necesario lograr conciliarlas con las particularidades de uno mismo, con las emociones que naturalmente se despiertan en los padres frente a un hijo en crisis. Me refiero a que, para poder contener y acompañar a un hijo en un estado afectivo displacentero y así, regularlo emocionalmente, primero debemos como adultos estar centrados, en calma y autorregulados. En los aviones nos enseñan que, cuando cae la mascarilla de oxígeno en caso de emergencia, primero deben ponersela los adultos para luego ponerla a los niños. Bueno… en este caso es lo mismo. Un niño interferido por una emoción es equivalente a como si se estuviese quedando sin oxígeno, y la contención emocional sería la mascarilla que cae en ese caso de emergencia. Si como madre/padre te estás quedando sin oxígeno también… difícil que puedas asistir a tu hijo. Es decir, no puedo regular emocionalmente a alguien si primero no estoy autorregulado.

Y bueno, nadie dijo que sería fácil. No existe un manual y, en ese sentido, es importante no intentar ser y mostrarse perfecto, la crianza perfecta no existe. Lo importante es ser honesto consigo mismo y también ser honesto y abierto con los niños en relación a nuestras emociones (siempre con el debido filtro, por supuesto, los temas de adultos se quedan entre adultos, y sin culpar a los niños de nuestros estados emocionales). Por ejemplo: “Hoy estoy más cansada que otras veces y me siento frustrada, me está costando un poco más mantenerme tranquila y concentrada para ayudarte. Pero quiero hacerlo. ¿Y si nos ayudamos juntos hoy un poquito?, ¿qué tal si nos abrazamos y preparamos algo rico para comer?”, etc. Eso le enseña al niño que las emociones no son ni buenas ni malas, que son humanas y válidas, que a todos nos suceden cosas. Con esto, le das seguridad porque te conviertes en una figura predecible y honesta. Los niños necesitan saber qué esperar de sus padres. Además, necesitan que se les expliquen las cosas de acuerdo a su edad y desarrollo del lenguaje y pensamiento.

Y entonces, ¿cómo puedes ayudarte a contener emocionalmente a tus hijos en momentos difíciles en los cuales te necesita, sin morir en el intento?

¡Ponte tú primero la mascarilla de oxígeno! Porque va a haber momentos en los cuales te sientas irritado, cansado, sobrepasado, incapaz de realizar la labor de contención emocional. ¡Y es normal, eres un ser humano, no una máquina! Pero recordemos que la base de una crianza respetuosa son los buenos tratos. Tu hijo y tú merecen eso. Finalmente, todos aspiramos a ser felices, amados, bien tratados para así establecer relaciones sanas y gratificantes. Nadie quiere pasarlo mal realmente. Por lo tanto, para poder lidiar con las dificultades, te dejo algunas sugerencias que pueden ser de ayuda:

  1. Haz una lista de tus recursos psicológicos y hobbies: Esto te permitirá identificar cuáles son tus actividades favoritas y cuáles son tus fortalezas y habilidades de las cuales dispones para hacer uso en momentos de tensión, de manera que puedas relajarte, distraerte y retornar a tu centro para realizar la labor de contención emocional de la mejor manera posible. Al hacer esta lista, tendrás algo concreto a lo cual recurrir.
  2. Aprende ejercicios de respiración: Está comprobada la efectividad que tienen estos ejercicios. Si lo piensas, la respiración es lo que nos mantiene vivos, mediante la respiración oxigenamos todo nuestro cuerpo, de manera que el modo en que respiramos influye directamente en cómo nos sentimos. En este punto, Youtube puede ser tu mejor amigo, tiene tutoriales para aprender de todo!
  3. Activa tus redes de apoyo: Ten claridad de quiénes son las personas que conforman tu tribu. La crianza debiese ser en manada, y no en solitario, por lo tanto, pide ayuda cada vez que lo necesites. Encuentra tu círculo de confianza y seguridad para pedir ayuda en tareas concretas, para pedir contención emocional para ti, para pedir consejos. En general, son buenas redes de apoyo aquellas personas que se encuentran en una etapa similar a la tuya. Por ejemplo, otras madres/padres en crianza. Se genera empatía y se comparten datos. También, siempre está por ahí la amiga/prima/hermana/vecina/alguien que es empática y quiere apoyarte. Y bueno, si es necesario, también puedes siempre recurrir al apoyo de profesionales de la salud mental como un psicólogo.
  4. Ten un cuaderno/libreta/agenda personal: Puedes escribir ahí para desahogarte, reflexionar, sacar conclusiones y aprendizajes, anotarte mensajes positivos de autoapoyo, puedes rayar páginas y páginas para botar rabia y ansiedad, etc. Es una buena vía de escape. Tu pequeño mundo de desahogo.

Cuando los niños y jóvenes se sienten contenidos y apoyados por sus padres, logran incorporar un sentimiento de seguridad y confianza en sí mismos y en las relaciones interpersonales. Esto fortalece su autoestima y mejora la calidad de la relación consigo mismos y entre los integrantes de la familia. Además, logran desarrollar una mejor autorregulación emocional y, por lo tanto, una óptima salud mental y una mejor calidad de vida.

Finalmente, se trata de que todos los miembros de la familia se sientan vistos, apoyados, validados, escuchados, acompañados, amados y seguros. Trabajemos siempre en equipo para fortalecer la unión y el amor de la tribu. Los más pequeños de la manada nos necesitan.

Andrea Echeverría Bayarlia. Psicóloga Clínica Infanto Juvenil

Instagram: @psicologa_andreaecheverria

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