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Un día cualquiera de una madre autista

Por Eva González

La mente de Elisa despierta, 6:20 a.m. El reloj de su celular suena a las 6:30 a.m., pero ella sabe que no soporta que ruido fuerte, y su reloj biológico ya está programado para despertar y quitar alarma antes de que suene. De todas maneras, sagradamente la activa todas las noches.

En ocho minutos no abre los ojos, pues en su mente repasa lo que será su día completo, (trabajo, hijos, esposo, colegio, etc.) Luego apaga alarma y comienza la carrera del día. Lo primero es bañarse. A veces llora en la ducha porque sabe lo que viene, un día más en un cruel mundo neurotípico que cada día le cuesta más resistir.

Aun así, su rutina continúa. Su esposo prepara desayunos para los niños. Ella el suyo, porque a nadie más le queda igual; luego toma su café, que sirve lleno, pero sólo toma la mitad y lo acompaña con lo que tiene a mano ese día. Niños desayunados y vestidos, se bañan en la noche, porque siente terror de que se enfermen, y se va con ellos y su esposo a enfrentar el día.

Cada uno a sus colegios. Cuando los deja, siente una ansiedad enorme de cómo irá a ser el día de ellos. Le preocupa, porque ha visto conductas que podrían llevarlos a su mismo diagnóstico, entonces todo ese tiempo piensa en que ojalá estén bien, que no se vayan a desregular, que sean comprendidos y millones de cosas más. ¡Hasta que debe parar!

Llegó a su trabajo, inmediatamente comienza a funcionar la máscara, se siente querida, valorada en lo que hace, le gusta su trabajo, pero no se siente comprendida; entonces esta máscara saluda a todos con una gran sonrisa, dice algunos chistes como para ser parte de ese lugar.

Comienza su día laboral, su uniforme es como un traje de súper heroína que se pone, ama su trabajo con niños, ellos no juzgan, la ven tal cual es y sin ningún prejuicio. Ahí no usa máscara, es uno de los pocos espacios donde puede ser ella.

Con el transcurso del día, sus energías (cucharitas) se van agotando, las últimas horas son difíciles y su esfuerzo por ser parte de ese mundo la agobia cada vez más. Se da cuenta que funciona todo más lento. Ya no quiere ruido, luces, olores, ni miradas; sólo quiere su casa, su cama.

Sale de su trabajo, se va pensando en lo que resta por hacer y busca la forma más simple, pues no le queda energía. Tiene un gran apoyo: su esposo. Muchas veces es él quien cocina y siempre se encarga de todas las compras porque ella no puede, no le gusta salir, sueña con vivir alejada de todo. Cuando llega a casa, sobre estimulada, un poco asustada de no ser capaz, intenta comenzar alguna labor. Pero ahí está, su lugar seguro no se lo permite, y necesariamente debe caer por un espacio de tiempo no determinado a la cama. Descansa, se quita la máscara, en casa ya no la necesita.

Los hijos la requieren, hay tareas, y mamá debe saber, trata de apoyar, enseñar, construir; pero constantemente se siente al debe con quienes más ama. Muchas veces no logra firmar agendas, no está dentro de su estructura, es más bien dispersa.

Sus labores ejecutivas son de lo más difícil para ella, no logra hacerlas en tiempos adecuados, procrastina hasta más no poder, dice que su única forma de lograr esos trabajos es bajo presión. Su entorno la entiende, la ayuda. Sólo algunas veces ve a su esposo algo agobiado, hay cosas que aún le cuesta procesar en su hogar neurodivergente, pero finalmente lo logra.

A veces, consigue realizar actividades después del trabajo, sólo a veces, pero su agotamiento es total. Ama comprar libros sobre psicología desde pequeña. Se siente feliz cuando los recibe, aunque los lee todos a la vez, un poco de cada uno, va intercalando, no resiste la ansiedad de ver qué trata el libro que está en su velador.

En sus últimos alientos del día ella dice exactamente a las 20:30: ¡Niños, a bañarse! El grande ya lo hace solito y eso para ella es de mucha ayuda, su gran compañero baña al más pequeño, ¡maravilloso! Luego pijamas, por fin.

Siente que le queda poco, ya los niños en sus camas, los arropa, pues siente que sólo ella logrará que no sientan frio ni que duerman con sus cuellos mal apoyados. El más pequeño le pide un cuento, ella lo inventa, no le gustan los escritos, y su hijo los ama, dice que sólo ahí puede dormir.

Cada uno en su cama, ella intenta detener sus pensamientos, le cuesta. Está muy cansada, pone su alarma otra vez. Su esposo la abraza, se cuidan, y prometen enfrentar el nuevo día con amor.

Su cabeza dice: “Elisa, descansa que ya no puedes más”, pero sus pensamientos no se lo permiten; normalmente al día siguiente no recuerda a qué hora logró dormir, sólo sabe que a las 6:20 a.m. comienza su nueva carrera.


Eva Inés González Salas es madre y profesora y pertenece al espectro autista. Cree en la educación sin premios ni castigos, basada en el amor y en el respeto por los demás.
La encuentras en Instagram como @profeeva29 y @mujer.enelespectro

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