Hay una frase que escucho casi siempre, dicha en voz baja: «no encajo en ningún lado». La dicen niños que no entienden por qué sus compañeros se alejan, adolescentes que aprendieron a reírse antes de que se rían de ellos, y adultos que, después de años, todavía sienten el nudo en el estómago al entrar a una reunión.
El rechazo no es solo una idea desagradable. Es una experiencia corporal de amenaza. Cuando un niño queda fuera del juego, su cuerpo lo registra como registra una caída o un ruido fuerte, duele y marca. Con el tiempo, esa señal se transforma en memoria porque el cuerpo aprende a anticipar el rechazo antes de que ocurra y a protegerse con silencio, perfeccionismo, enojo o una sonrisa que cansa. Lo llamo memoria somática. Ayuda a entender por qué tantas personas neurodivergentes cargan la sensación de no pertenecer, incluso en lugares amables.
Por eso digo que la inclusión le hace bien a todos, no solo a quien llega con una diferencia. Los compañeros que conviven con niños autistas también ganan. En un estudio con alumnos de cuarto a octavo básico, quienes asistían a colegios inclusivos tenían actitudes más favorables hacia compañeros en general, que quienes no habían tenido ese contacto, tenían conductas más prosociales que los demás niños y eran capaces de transitar sus propias emociones con confianza también. Otra revisión señala que los estudiantes neurotípicos aprenden a relacionarse con compañeros que tienen desafíos distintos, y eso les enseña de empatía y flexibilidad más que los niños que no han tenido contacto con la diferencia en su cotidianidad.
En una experiencia donde compañeros típicos participaron en el aprendizaje social de niños autistas, el 83% dijo que lo había disfrutado mucho, y los docentes destacaron que los alumnos se ayudaron entre sí, entre típicos y neurodivergentes, por ende el acoso disminuye a la larga y entre todos. Pero no todo es tan simple: algunos estudios encuentran que muchos estudiantes todavía tienen ideas estigmatizantes sobre sus pares autistas, principalmente porque la familia, los adultos tienen ese sesgo. Por eso la inclusión no ocurre sola. Necesita adultos que la sostengan, sistemas y espacios amplios que la promuevan.
Lo que se hace con un niño dentro de la sala termina afectando a todos. Una rutina, flexibilidad, límites amables, un rincón para regularse, una pausa avisada con anticipación: son ajustes pensados para uno que, muchas veces, ordenan el día para el grupo completo y transmiten calma. Los niños que se sienten aceptados por sus profesores y compañeros desarrollan confianza y pertenencia, y eso mejora su aprendizaje y su desarrollo personal. Los niños neurotípicos también necesitan sentir que pueden ser ellos mismos, sin disfrazarse y eso les suma siempre.
Antes de cualquier aprendizaje, el niño necesita sentirse cómodo en su cuerpo. En la práctica veo llegar a muchos niños desregulados, sin ganas de estar en el colegio porque tuvieron malas experiencias, enojados porque sienten que el sistema no los trató bien ni los entendió. La agresividad de la que tanto se habla, y que muchas veces se atribuye a ser autista sin mirar lo que hay detrás, suele ser malestar y tristeza. Es el niño incomprendido que aprendió que así es como puede calmarse en su cuerpo. Desde afuera parece rabia; desde adentro es una forma de protegerse, y muchas veces lo que hay debajo es pena o miedo. Cuando, después de unas semanas, tiene libertad de movimiento, la posibilidad de aceptar sus emociones y el lugar de ser acogido por los demás, la coraza empieza a aflojarse. Y aparece el corazón que estaba debajo.
Si un niño se desregula, rara vez es porque la condición lo obligue a eso. Casi siempre algo de afuera le duele y no tiene palabras para decirlo, así que habla el cuerpo. En Explora buscamos darle palabras a esas sensaciones. Armamos un mapa de los universos de cada niño, con sus distintas constelaciones, para saber hacia dónde viaja cuando está triste y dónde ir a buscarlo. A veces viajamos al planeta lluvia, otras al planeta dinosaurio, otras al planeta gato o al de los drones. Así aprendemos juntos a recorrer las emociones, y de a poco el niño va encontrando el camino de vuelta a la calma, en compañía del adulto.
Un tutor que mira con amabilidad le dice a un niño, sin palabras sino con micromomentos de interacción, que su presencia es bienvenida. Esa mirada necesita algo que no siempre enseñamos, que es «una mirada mentalizadora». Mentalizar es preguntarse qué piensa, qué siente y qué busca el otro antes de juzgar lo que hace. Un niño que se tira al suelo, que grita o que se retrae casi nunca lo hace para molestar. Detrás hay una necesidad real, un miedo o un cansancio. Cuando el adulto recuerda que ese niño es una buena persona, con buenas intenciones, aunque su conducta le haga pensar lo contrario, cambia el tono, cambia la respuesta y cambia la posibilidad de vínculo.
La evidencia va en esa dirección. Una revisión sistemática sobre intervenciones basadas en mentalización en escuelas encontró resultados prometedores en habilidades socioemocionales y conducta, sobre todo cuando se trabaja con docentes y estudiantes al mismo tiempo. Otro estudio con profesores mostró que, cuando se los animaba a mirar con empatía en vez de castigar, mejoraba la forma en que los alumnos respondían. Un espacio sin castigo, sin sanción y sin juicio es justamente lo que estamos construyendo en Explora, desde sus bases.
Dar a cada uno lo que necesita, tomarse el tiempo de conocer a cada niño y mirarlo con esa mirada amable es lo que genera un lazo. Y cuando ese lazo existe, el niño puede hacer algo muy difícil: pedir ayuda. Pedir ayuda es, en el fondo, sentirse visto. Ese es el primer paso para que la memoria del cuerpo empiece a registrar otra cosa: que pertenecer es posible, que estar en un lugar puede ser agradable y que, desde ahí, nace la motivación por aprender y por conocer el mundo.
Desde el equipo de dirección de Explora he venido impulsando este enfoque y lo he ido llevando a la práctica día a día. Muchas veces ha sido sin ruido, en conversaciones con tutores, en intervenciones uno a uno, en la forma en que nos acercamos a un estudiante que no está bien, en los ajustes que proponemos, en el respeto por la complejidad de cada ser humano. Y me enorgullece que en Explora ser atípico no sea motivo de exclusión, sino una razón para mirar con más atención. Se trata de poner al niño y su desarrollo en el centro, antes que la etiqueta o la comodidad del adulto. La inclusión suele gustar en el discurso pero se vuelve incómoda cuando te toca de cerca. Porque en pocos lugares se tiene cerca verdaderamente y con normalidad que fluya.
Si pudiéramos hacer una sola pregunta a cada escuela, empresa o grupo de amigos, sería esta: ¿quién de aquí se está quedando afuera sin que nadie lo note? Esa respuesta dice más sobre nuestra inclusión que cualquier declaración de intenciones.
Fuentes
- Estudio presentado en el International Meeting for Autism Research (IMFAR), 2010
- Resumen de investigación sobre interacción entre pares y niños autistas (CYC-Net)
- Estudio sobre percepciones de pares (University of Dayton)
- Revisión sistemática sobre intervenciones basadas en mentalización en escuelas
- Estudio con docentes sobre mentalidad empática frente a la disciplina
