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Etiquetas educativas

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Etiquetas educativas

Por Soledad López

Todos los profesores y las personas en general, alguna vez, con o sin querer, hemos cometido el error de poner una etiqueta.

El flojo, la conversadora, el hiperactivo, la distraída, el teatrero, la exagerada, la deportista, el popular, el buen estudiante, el responsable, la que se porta mal, el gordo etc.

¿Pero somos los profesores capaces de comprender el alto impacto que tienen en la vida de los estudiantes estas etiquetas?

Antes los profesores te lo decían abiertamente. Hoy quiero creer que somos un poco más cautelosos y las verbalizamos en espacios más “íntimos”, pues de alguna forma comprendemos el impacto que estas podrían llegar a tener si son escuchadas, pese a que sabemos que es una acción que no deberíamos realizar.

Una etiqueta corresponde, según Hardman (1999), al proceso por el que la sociedad crea descripciones para identificar a las personas que significativamente se apartan de la norma.  Entendiendo esto como una construcción social es que se crean expectativas de comportamiento sobre esas personas, encasillándolas y, de una u otra forma, llevándolas a que se comporten de acuerdo a la etiqueta asignada, cayendo así en la estigmatización y afectando de forma tal que el comportamiento asignado podría repetirse durante toda la vida.

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Al interior de la escuela es una práctica que se intenta erradicar, pues la afectación que puede generar en la vida de nuestros estudiantes es radical. Si un profesor define a un estudiante de una forma determinada, ese estudiante probablemente actuará en conjunto a su etiqueta y a la vez el profesor condicionará su actuar con él. Esto que tiene como consecuencia que muchos menores no expresarán sus emociones reales frente a dicha situación.

¿Etiquetas positivas?

Evidentemente hablo de aquellas etiquetas que son negativas, pero ¿qué ocurre en los estudiantes cuando la etiqueta es positiva? Ocurre exactamente lo mismo, si la etiqueta es negativa o positiva, nunca será favorable para él o la estudiante, pues supone una carga emocional extra sobre ellos. Sea esto por las bajas o altas expectativas que se puedan tener sobre la persona.

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Estas etiquetas pueden ser expuestas con una buena intención, pero es preferible que de ninguna manera estas se den, por el alto impacto que generan el comportamiento. Por ejemplo, si decimos que un estudiante es muy bueno para las artes, seguramente ese estudiante verá dicha capacidad como su única gran capacidad y se aferrará a ella.

Es fundamental que, ante determinado comportamiento que sea necesario modificar, mejorar o potenciar, se recurra al diálogo, la reflexión y la empatía; destacando siempre que todas las personas tenemos virtudes y defectos.

Es por todas estas razones que los espacios educativos deben ser lugares en donde se vele por el bienestar físico y emocional de los estudiantes, donde se apoye y confíe en las capacidades, sin limitar jamás el desarrollo de los estudiantes. No podemos olvidar que las etiquetas mantienen la desigualdad al interior de las comunidades educativas.

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María Soledad López Contardo es profesora de Educación Básica y madre, y tiene un magíster en Desarrollo Curricular y Proyectos Educativos. Su intención como docente es acoger y dejar una huella en sus estudiantes y familias.  

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