Hijo chico, problema chico; hijo grande, problema ENORME

  
Cuando se tiene hijos chicos –hasta 5 años- pensamos que la vida se nos puede ir si un día nos saltamos una papa, si no le cambiamos el pañal o no le damos postre y ensalada al almuerzo.

Que cada cosa que decimos o hacemos frente a ese pequeño ser puede significar el gran triunfo de su vida o simplemente llevarlo a la ruina. Y es que sí, en algunos aspectos sin duda nuestra conducta puede ser crucial en su desarrollo, pero a veces creemos que cualquier nimiedad lo hará feliz o desdichado forever. ¿Qué importa que el pinche no combine con el sweater y los zapatos? ¡Qué importa que tenga un poco de mocos o no lo bañes!

Aclaro, cuando mis hijas fueron chicas también me comporté de manera obsesionada en ciertas rutinas y cosas sin trascendencia, es la forma de experimentar y aprender el único oficio que nadie te enseña (pero sin duda el más significante): el de ser madre. Y lo que es peor, que si te equivocas de forma deliberada o inconscientemente, puedes hacer el mismo daño.

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Generalmente la compulsión va menguando con el número de hijos. De seguro que la tercera mía tiene muchas menos “trancas” que la mayor, aun cuando no se lava los dientes todos los días, le di leche de caja al año y la pasé a su pieza a los tres meses. En fin, cada uno sabe dónde le aprieta el zapato y cómo cría a sus hijos, pero hoy me encuentro enfrentada a otro tipo de dilemas de educación y crianza que me hacen ver tan simples esos “problemas”, y me puse a pensar, y me reí de mí misma. Me hizo mucho sentido la frase que solemos escuchar: “hijo chico, problema chico; hijo grande, problema grande”.

Mi hija de 13 años está en plena pubertad, para algunas cosas se cree grande, pero es chica; para otras es chica, pero la trato como grande. Las primeras salidas con amigas al cine, los primeros coqueteos con el vecino, el uso imperativo del celular –como si se tratara de un tubo de oxígeno- y las respuestas monosilábicas son parte de mi día a día, y cuando me enfrento a negarle algún permiso, tengo que castigarla por una mala conducta o enseñarle el valor de la amistad, de la verdad o abrazarla y consolarla cuando tiene pena… ¡me dan ganas de que vuelva a tener 3 años!

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Y si me proyecto a 24 meses más quizás estaré sin dormir esperando que llegue de una fiesta, oliéndole la ropa y el aliento, escuchando conversaciones atrás de la puerta para saber con quién anda o llamándola al celular hasta acosarla. Mejor no hablar de cuando tenga 18.

Siempre nos dicen que los hijos crecen rápido, que no te das ni cuenta y ya estás bailando vals en su matrimonio, y aunque sea un típico lugar común, ¡es la pura verdad! Pues cuando ya no necesita de tu mano para cruzar la calle quieres retroceder el tiempo, porque a pesar del cansancio, del mal dormir, de los llantos, las pataletas, las toses nocturnas y todo eso que se vive cuando son pequeños y que creemos que nos llevarán a la muerte –o locura- inminente, no tienen importancia. Ninguna trascendencia. Pues sólo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: raíces cuando son chicos; alas cuando han crecido.

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“Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan”. (Oscar Wilde).

Equipo Súper Madre 

 

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