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Jugué poco

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Jugué poco

Por Daniela Méndez

Hace algunos meses estábamos terminando uno de esos días en los que, en casa, nos habíamos jugado literalmente ¡la vida! Manualidades, experimentos, juguetes en el balcón, en la tina, paseo al parque, visita a la abuela incluyendo juegos en la sala de juegos del edificio de ella, juego en la pieza. Yo, la verdad, estaba acostándome en la cama de Ignacio -para ayudarlo a dormir- con una gran “autoestima” maternal por lo mucho que había jugado con mi hijo ese día.

Entonces de repente -ante nuestra ya anticipada apagada de luces-, el pequeño se mete en su cama mientras protesta y nos declara convencido: “¡Jugué poco!”. Mi esposo y yo solo pudimos soltar una gran carcajada; por suerte Ignacio se terminó riendo a carcajadas también. Y es que claro… poco, poco, no habíamos jugado, pero para él, a sus cuatro años, a veces “todo” o “mucho” es poco.

Y yo lo entiendo porque cuando tenemos ganas de vivir, de descubrir, a veces queremos más de lo que podemos o de lo que se puede. Yo a veces, por ejemplo, estoy que me duermo, pero quiero leer un poco más. O en la hora y media que tengo para un plan de adultos quisiera: hablar con mi amado, ver una serie, leer, escribir, mirar el techo, ordenar la sala o un closet, hacer un postre… y simplemente no puedo hacer todo lo que quiero.

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Desde ese día, muchas veces protesto mientras me arropo, diciendo: “¡Jugué poco!” cuando ya el cuerpo no me da más y debo resignarme -como Ignacio- a que es tiempo de descansar.

El juego es el trabajo de los peques. Lo más divertido y a la vez lo más serio. Creo que, de hecho, nosotras también necesitamos jugar “mucho” o al menos “algo” a nuestros juegos. He descubierto -tal vez a ti también te ha dado vueltas esto- que cuando peor la paso (me siento más gruñona o irascible) es cuando he olvidado jugar mis juegos: reírme con una amiga, escribir en mis cuadernos, revolcarme en la cama con mi amado como cuando éramos “pololos”, bailar con los ojos cerrados y la música bien alta, comerme un helado de chocolate o hacer ¡lo que sea! que mi niña interna me grite o invite.

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Jugar mis juegos me ayuda a llevar con más alegría y energía el deseo de jugar de mi pequeño que es grande, es intenso… y maravilloso ¡por supuesto!

Para terminar, te quiero contar una anécdota:

Un día mi amiga Valentina y yo habíamos quedado para almorzar juntas. Ya yo estaba lista y me sentía no solo ilusionada sino ¡divina! porque después iba a “jugar” con una amiga cuando tuve que escribirle para suspender. Mi peque se estaba sintiendo mal y había empezado a vomitar.

Un rato después ella me escribe también:

“¿Puedes creer que Simón se tomó un líquido para limpiar lentes?

¡Estoy que exploto de rabia!

Simón, ¿por qué lo hiciste?, le pregunté; porque estaba aburrido, mamá, me respondió.

…Después de que jugamos toda la mañana…

De verdad que la maternidad es muy ingrata ¡A VECES!”

Empaticé tanto con ella…

No siempre será suficiente.

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A veces habrás dado poco y para él o ella será mucho; a veces habrás dado mucho y para él o ella poco. Porque así somos los humanos y porque satisfacer el deseo de cualquiera, incluyendo el de nuestros peques, es todo un tema.

Entonces, no podemos darlo todo siempre ni llegar al “mucho” de nuestros peques, pero si algo valioso y muy preciado: lo que tenemos y podemos, cada día, cada vez… y habrá todo tipo de días: de más o menos juegos -en la realidad y en la percepción personal- nuestra y de ellos.

Ese día Valentina y yo jugamos poco… Pero por suerte ¡hay mañana! Hoy deseo para todas nosotras, y nuestros peques, juegos suficientes.


Daniela Méndez es psicóloga psicoanalista, dedicada a la psicología femenina y autora de Prometo Amarme. Una de sus motivaciones más importantes es descubrir cómo vivimos las mujeres la experiencia de maternidad. La puedes encontrar en su Instagram: @espaciodanielaalma y en su página web: danielaalma.com

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