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Micromachismos o cómo hay cosas que siguen igual

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Micromachismos o cómo hay cosas que siguen igual

Hace pocos días se conmemoró el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer (el 25 de noviembre, para las más específicas) y me quedé pensando en que el escenario en general, sigue siendo muy desequilibrado para nosotras. Ese mismo día, tan importante, un diario puso en la portada a un hombre que había atacado salvajemente a una mujer, casi como la víctima de una situación extremadamente violenta en la que si me preguntan a mí, la héroa de la situación fue la mujer que atinó a grabar el comportamiento cavernario de ese hombre, además de descubrir la patente que el gallo tenía cubierta. Para mí, es la figura de la semana, se pasó la señora… pero el diario decidió ponerlo a él en portada.

Es una lesera, si uno piensa que llevamos 49 femicidios en lo que lleva del año y la violencia intrafamiliar ha crecido en un gran porcentaje. Pero esa es la violencia que siempre está en evidencia, la que requiere de la fuerza del estado y las autoridades creen leyes, programas y todo lo que sea necesario para proteger a las mujeres que están en esa situación espantosa y evitar los femicidios.

Pero hay otra violencia que está más normalizada y que ni el hombre más deconstruido ha sido capaz de evitar: la sobrecarga mental. Esta es una conversación que he tenido con muchas mujeres, casadas y solteras, con y sin hijos, así que supongo que es un fenómeno común.

Estas son nuestras mañanas:

La primera en levantarse es una, porque tiene que prepararse para ir a trabajar ANTES de que despierten los demás. Terminas de arreglarte y vas a despertar a tus hijos, les pasas la ropa o los vistes, te vas a preparar el desayuno para todos, también preparas las colaciones, los almuerzos, sirves el desayuno, te sientas a la mesa a tratar de tomarte un café mientras intentas que tu hijo se coma sus cereales, o escuchar lo que te tiene que contar sobre el colegio, terminaron, sacar la mesa, peinar a quien haya que peinar, revisar los últimos detalles de los uniformes, sacarlos a todos de la casa y cerrar la puerta. En el intertanto, él se bañó, se vistió, fue al baño, tomó desayuno y quedó listo.

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Durante el día laboral, ya sea si trabajas en tu casa o en una oficina, tienes el cerebro dividido en dos: tu casa y tu pega. En la pega, rindes como sea mientras piensas en la pila de ropa sucia que hay en el canasto, revisando mentalmente el refrigerador porque te da la impresión de que se acabó el yogurt, miras zapatillas para tu hijo que cambia de número cada dos meses. A la hora del almuerzo, si tu hijo está en la casa con alguien, haces videollamada para no pasar TODO el día sin verlo. Si es que pasa algo, si alguna de las profesoras del colegio quiere comunicar algo, si algo le pasa a tu hijo, a la que llaman es a ti. El papá nunca es primera opción. Si tu hijo o hija se enferma, no importa si tienes una reunión importante, o si tienes mucho trabajo pendiente, lo más probable es que tú tengas que dejar tu trabajo y vayas a buscarlo, llevarlo al doctor, cuidarlo y coordinar qué hacer con él al otro día, porque él… él simplemente va al trabajo.

Llegas en la tarde y de nuevo: preparar la once o cena, servirla, hacer las tareas con los niños, bañarlos, preparar los almuerzos para el otro día, revisar si les pidieron algún material, anotar qué hay que comprar en el supermercado, averiguar dónde comprar el buzo del colegio, acostar a los niños y, si queda algo de tiempo, leer el libro que está leyendo tu hijo para el control de lectura.

Cuando con otras mujeres hablamos de esta situación, muchas de mis amigas me contaban que, cuando estábamos en cuarentena y todos trabajábamos de la casa, pasaba algo similar: nosotras despertábamos y antes de siquiera pensar en trabajar, ordenábamos la casa y dejábamos todo funcionando. Muy pocos maridos participaban en esa rutina, porque parece que la mayoría no ve el desorden o los platos sucios, los niños en pijama hasta el mediodía, el almuerzo a las 3 de la tarde, la ropa tendida hace más de una semana, las cajas de los gatos llenas… no lo ven. Simplemente, se sentaban en su espacio a trabajar. Y ese espacio, siempre fue mucho más sagrado que el nuestro.

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No sé ustedes, pero yo estoy cansada de eso. Me cansa escuchar esposos de amigas que se mueren de risa porque no tienen idea qué talla de ropa y zapatos son sus hijos o que no saben distinguir la ropa de los pijamas. Me cansa escuchar a mis amigas hablar y hablar sobre matrículas de colegio, qué tipo de colegio escogerán, las listas de útiles, los uniformes, todo, todo a cargo de ellas. Cada vez que tomo algún taller sobre crianza respetuosa, el 90% de las participantes son mujeres y si hay hombres, es porque están con sus parejas. O esos que están en el sillón viendo tele, mientras una barre, limpia, ordena, algunas veces atinan y preguntan en qué pueden ayudar. Pero siempre hay que decirles qué hacer, dónde se guarda la loza, etc. Una vez una persona de mi familia estaba hablando de ir con su esposa al cine el sábado, a un estreno importante y ella preguntó con quién dejaban a la guagua y la respuesta de él fue “No sé. Lo que sí sé, es que yo voy a ir a ese estreno porque nunca me los pierdo”. Estoy segura de que a ustedes también les pasa, que si van a salir a ser pareja, son ustedes las que coordinan quién se queda los niños, si hay que pagarle ustedes le pagan, probablemente también compren las entradas al cine y le echen bencina al auto. Si salimos todos en familia, somos nosotras la que le hacemos las maletas a los niños, o les llevamos las mudas, los remedios, los juguetes, los “por si acaso” y ellos después hacen chistes sobre cómo nos toma más de una hora salir de la casa, mientras ellos en 15 minutos están listos. Es porque no se preocupan de nada más que de ellos. Y lo peor, es que yo creo que no se dan cuenta, porque cuando una les reclama, o se enojan o no logran ver por qué nos sentimos tan presionadas. No entienden cuándo les hacemos ver que tienen una agenda propia, que el fútbol con los amigos no se suspende nunca, ni aunque los niños estén enfermos y tengamos que quedarnos solas. Se desconectan totalmente cuando salen, ¿a cuántas les pasa que él sale y no les hablan en horas? No preguntan ni por los niños, nada. No entienden el temor que tenemos de enfermarnos, porque sabemos que no podremos descansar del todo en ellos, que lo más probable que hacer reposo sea imposible.

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Lo peor de todo: como no se dan cuenta, no dan ni las gracias. No aprecian todo lo que hacemos por ellos. Eso me da más rabia todavía. Si algún hombre lee esto, te digo: di gracias. Dile a tu pareja que encuentras que es increíble con su pega. Llévale un chocolate. O flores. Lo que sea.

Me pregunto si algún día de verdad cambiarán las cosas. A veces pierdo la esperanza de que sea nuestra la generación la que intente equilibrar más las cosas en la casa, en el trabajo, en la pareja. Le tengo más fe a la de mi hijo, pero porque los vamos a criar nosotras. Yo me prometí criar un hijo consciente con el trabajo de los demás, autosuficiente y útil. Ojalá algún hombre lea esto y se de cuenta… pero como es un blog mayoritariamente de crianza, es más probable que me lea una mujer y a ella le digo: resiste, hermana. No estás sola.

Gaby Carreño

Guionista, mamá

Pd. Sí, sé que hay hartos hombres que se hacen mucho más cargo que otros. Pero no conozco ninguno que viva en pareja que haga lo mismo o más que la mujer.

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