Se terminó mi postnatal: ¿Con quién dejo a mi hij@?
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Se terminó mi postnatal: ¿Con quién dejo a mi hij@?

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Se terminó mi postnatal: ¿Con quién dejo a mi hij@?

El 28 de agosto mi hija cumplió tres años. De esos tres años, gran parte de su tiempo lo ha pasado en el jardín, ya que entró con cinco meses y medio cuando se acabó mi postnatal. Mirando hacia atrás, recuerdo que me daba mucha pena volver a trabajar. Pasaba todo el día con ella y de pronto tenía que separarme ocho horas al día y desconectarme de esa rutina que nos hacía tan felices.  Pensar con quién dejarla era algo que me rondaba repetidas veces por mi cabeza. La decisión no era fácil, porque básicamente tenía dos alternativas: contrataba a alguien que la viera en la casa o la llevaba a una sala cuna.

La primera opción era atractiva y cómoda, pero no me convencía del todo. Tampoco a mi bolsillo. Además, era imposible que una persona se ocupara totalmente de sus necesidades, ya que también había tareas del hogar por realizar. Por ejemplo, me atormentaba la idea de que mientras se pasara la aspiradora mi hija estuviese pegada en la tele. Por esta razón, la segunda opción fue la elegida, a pesar de que todo el mundo me decía que se iba a enfermar mucho. Me llegó el típico consejo (o anticonsejo) cariñoso: “cuando llegue el invierno la vas a tener que sacar”. A pesar de todo me lo tomé con más optimismo y pensé más en las ventajas que en las enfermedades.

La búsqueda del lugar indicado

La búsqueda de jardín infantil fue más difícil de lo esperado. La primera opción fue un lugar que quedaba cerca de mi lugar de trabajo. Cuando nos entrevistamos con la encargada, todo mi optimismo se empezó a desplomar. Comentarios como “tu hija va a ser la más chica”, “no aceptamos que las mamás traigan leche materna porque se corta la cadena de frío”, “no puedes venir a verla porque interrumpes la rutina de los demás” empezaron a llenarme de fantasmas y miedos. Al recorrer el lugar, se me apretó tanto la guata; no me imaginaba a mi hija ahí, en un lugar frío y a cargo de esa persona que me entrevistó. Salí llorando a mares.

Después recorrimos otros lugares cercanos, y cada vez me iba espantando más: en uno me dijeron que descongelaban la leche materna en el microondas, otro hacía énfasis en la huerta que hacían los niños y lo bien  que les hacía. ¡Mi hija apenas se sentaba, cómo iba a estar plantando en una huerta! El único lugar que me gustó, no tenía cupo.

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El tiempo iba pasando, se acercaba la fecha de la vuelta al trabajo y no sabía qué iba a hacer. En muchos lugares recibían niños a partir del año. Decidimos ampliar el radio de búsqueda y no solo quedarnos con lugares cercanos. Finalmente, nos decidimos por uno que quedaba un  poco más lejos de mi trabajo, pero era el que nos dejaba más tranquilos como papás, porque era un lugar acogedor, la podíamos ir a ver cuando queríamos y no había problema con la leche, comida, etc. No nos pusieron problemas por ser la más chica: al contrario, nos acogieron y se adaptaron a nuestras necesidades.

La adaptación

Mi hija era de esas guaguas que si las tomaba en brazos alguien desconocido, lloraba sin parar. Ese fue mi mayor miedo al principio: ¿cómo la calmarían?, ¿quién lograría contenerla en ese llanto estremecedor?

Cuando empezó el proceso de adaptación, la dejamos el primer día solo 20 minutos. Creo que fueron los 20 minutos más largos de mi vida. Con mi marido nos fuimos a caminar por afuera con la guata súper apretada, muy nerviosos los dos, pensando en que iba a estar llorando.  Cuando llegamos, ni cuenta se había dado de que nos habíamos ido. Ya el segundo día se empezó a quedar un poquito más, incluso, no sé cómo, la hicieron dormir. Se veía contenta y cómoda con sus nuevos amiguitos y con las tías. Nosotros seguíamos con apretón de guata. Nos sentíamos raros, porque de verdad casi nunca se la encargábamos a alguien, por lo tanto, sentíamos que nos faltaba algo.

El tercer día, cuando ya estábamos un poquito más seguros, nos llamaron para que la fuéramos a buscar, porque estaba llorando mucho. Me angustié, pues sentí que habíamos “retrocedido”, pero luego entendí que, como todo lo relacionado con la maternidad, hay días buenos y malos. La directora del jardín me explicó que la adaptación duraba más o menos dos semanas, para nosotros creo que fue como de un mes. Pero poco a poco le empezó a tomar cariño a sus tías y así, hasta el día de hoy, ese amor está presente.

La lactancia: ¿cómo continuarla?

A pesar de que como madre primeriza me costó el tema de la lactancia, seguí amamantando cuando entré a trabajar. En un principio mi hija tomaba su mamadera con leche materna extraída sin ningún problema. Alrededor de dos días antes de que entrara a la sala cuna, me extraje leche para calcular más o menos cuánto tomaba para empezar a hacer un banco de leche. Para sorpresa y angustia mía, no quiso saber nada con la mamadera.

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Primero pensé que era el flujo de la tetina de la mamadera, porque como estaba más grande, a lo mejor salía muy lento. Lo cambiamos y no funcionó. Luego probamos con otras marcas y tampoco funcionó. Me alejaba y le intentaba dar mi marido, pero no lo lograbamos.

Como se acercaba la fecha de vuelta al trabajo, estaba muy asustada. Sin embargo, todo funcionó muy bien. Le daba pechuga en la mañana antes de ir a trabajar. Luego, como a las 11, durante mi hora de alimentación, iba a la sala cuna a amamantarla. Después, al salir del trabajo, llegaba lo más rápido posible para estar con ella y darle mi leche. Y así me funcionó súper bien. Luego cuando cumplió los 6 meses empezó a almorzar, por lo tanto ya no iba a las 11 al jardín, sino que iba a mi casa a extraerme leche, para que mi producción no bajara y para tener reservas por si volvía a tomar en mamadera. Todos los días llevaba mi leche congelada y las tías, con mucha paciencia, se la ofrecían en la tarde para que no pasara tanto rato antes de verme.

De a poco empezó a tomar, pero nunca todo lo que le dejaba. A veces tomaba casi todo, otros días no quería saber nada con la mamadera. Tomara o no en el jardín, igual lo primero que hacía al llegar a la casa era darle pechuga y regalonearla mucho rato.  El trabajo me obligó a crearle un horario de tomas, pero cuando regresaba, le daba a libre demanda y eso me permitió seguir con la lactancia por mucho tiempo más.

Las temidas enfermedades

El primer año de la sala cuna fue duro en cuanto a los contagios de enfermedades. Como era la más chiquitita entre sus compañeros, cada virus le duraba mucho más. Tuvo muchas bronquitis obstructivas. La kinesiología fue un una gran aliada ese año, porque por lo menos una vez al mes padeció de algún virus respiratorio. También, se contagió de rotavirus, varicela, conjuntivitis, etc. Por suerte, nunca tuvo nada grave ni estuvo hospitalizada. No obstante, se me partía el alma verla tan enferma y sobre todo tan seguido. Tenía sentimientos encontrados, porque quería cuidarla en la casa, sin embargo,  como me había reincorporado recién al trabajo, no quería tomar licencia para no fallar.

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Con el tiempo aprendí que primero está la familia, y que si mi hija me necesitaba, no tenía que sentirme culpable por tomar licencia. Poco a poco las enfermedades se fueron distanciando. Ya el segundo  año fue distinto, y las bronquitis se fueron quedando en el pasado, porque creó mucha inmunidad y ya no se enfermó tanto. Ahora, con casi tres años, ha faltado solo 4 días al jardín. Los resfríos los supera mucho más rápido y rara vez ha tenido tos con flema. Como todo lo relacionado con la maternidad, en un principio es difícil, pero de a poco se va superando.

La experiencia en la sala cuna

Como madre primeriza, el haber dejado a mi hija tan chica en la sala cuna fue todo un desafío. Siempre pensé que iba a ser muy complicado, pero no fue tan así. Al ser tan pequeña nunca vivió esa angustia de separación que sufren niños un poco más grandes, porque al principio ni se daba cuenta de que nos íbamos y luego, cuando ya podía tomar conciencia de nuestra partida, estaba acostumbrada a su rutina y se despedía siempre muy feliz.

Eso es fundamental, ya que verla tranquila obviamente nos dejaba tranquilos a nosotros. También, la ayudó mucho a socializar con otros niños. Este punto fue muy importante, ya que como era en ese entonces hija única, no estaba acostumbrada a un ambiente de muchos niños.

Otro punto positivo fue el desarrollo del lenguaje, que se manifestó a muy temprana edad. Desde muy chiquitita empezó a decir palabras y a cantar canciones, las cuales provenían del jardín. Empezó a gustarle mucho la música, la pintura, los bailes, etc. Creo que todos esos aspectos no se hubieran desarrollado de tal modo con una persona cuidándola en la casa.

Para mí, la experiencia en la sala cuna fue muy positiva, y a pesar de lo difícil que fue la búsqueda del lugar indicado o de las múltiples enfermedades, hoy mi hija es una niña sana y muy feliz, que le encanta ir al jardín. La decisión que nuestra hija fuese a la sala cuna también nos ayudó a nosotros como papás. Dejamos de ser tan aprensivos y dimos el primer paso para que ella saliera a  descubrir el mundo.

Carol Jaeger

Profesora de Lenguaje

Mamá de Laura y Lukas

Instagram @charolojae

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