¿Por qué el tiempo se pasa cada vez más rápido?

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Si pensamos en cuando eramos pequeñas el año se nos pasaba con una lentitud asombrosa, traten de recordar como esperaban entre cumpleaños y cumpleaños (eteeeeeerno).

A medida que vamos creciendo la distancia entre los hitos anuales, los meses e incluso los días se hace escasos: es como si el tiempo se nos fuera por entre los dedos y no podemos hacer nada para evitarlo. Una vez que comienza el año, ya sabemos que pestañamos y estamos en noviembre y luego ya saben: feliz año nuevo.

Siempre se ha dicho que el tiempo es relativo, que para cada estructura, para cada cuerpo, el tiempo pasa dramáticamente diferente (algunas incluso nos vemos más chicas o más grandes que nuestra edad cronológica). Pasa diferente el tiempo para cada una porque nos situamos de manera distinta, miramos, vivenciamos y experimentamos la realidad de manera diferente.

¿Por qué pasa entonces que es un factor común esto que pase el tiempo tan rápido?

La rutina, el trabajo, la publicidad, las instituciones que mueven lo social nos ayudan a ordenarnos. Por decirlo de alguna manera: llevan nuestra agenda, es más, nos recuerdan que es urgente que “mañana” esté listo “algo”.

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El pensar constantemente en lo que tenemos que hacer en el futuro hace que nos aceleremos y no sólo dejamos de disfrutar el aquí y ahora, no sólo dejamos pasar los momentos y situaciones de vida presente, sino que vivimos en una especie de cámara rápida (es como si le apretáramos el botón de ff a nuestro equipo de DVD).

Lo más dramático, lo que más nos pone en fast motion, es el bombardeo comercial:

Se han fijado que entramos a un supermercado, mall, tienda – en enero – si bien recién hemos pasado año nuevo, hace falta un par de semanas para que pongan en vitrina los cuadernos escolares y uniformes (que son para marzo). Esto hace que ya vivamos marzo (con tooooodo lo que implica) desde enero. Luego al llegar marzo, que llegó a nosotras demasiado rápido, aparecen los “huevos de pascua” (que son de abril!). Y así sucesivamente llegamos a octubre y nos damos cuenta que desde fines de septiembre vemos árboles de pascua por todas partes.

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¿Qué hacemos?

Respirar. Con calma.

Claramente no podemos salirnos del marco en el que vivimos ni irnos a vivir al cerro. Entonces vamos a actuar inteligentemente. Vamos a intentar concentrarnos en lo que hacemos en el momento que lo hacemos, disfrutar de esos minutos que nadie nos devolverá, ordenar las tareas pensando en lo que nos trae como beneficio hoy (sin estresarnos con que “tiene que estar listo mañana porque sino no podré bla bla”) y así.

Es un ejercicio arduo pero si lo vamos ejercitando de a poco comenzaremos a calmarnos. Si hacemos planes a futuro: bien, pero vamos a dejar tareas para su consolidación y nos centraremos en esa tarea, evitando añorar futuro porque lo deseemos o no llegará igual (¿se entiende?).

Cuando entremos a un mall o supermercado en agosto y esté adornado de Halloween, vamos a centrarnos en recordar por qué estamos ahí, qué vinimos a comprar, qué haremos con lo que compremos, etc. Y lo que miramos con urgencia de preparar futuro, lo entenderemos como algo que vamos a organizar cuando sea el tiempo de hacerlo, el tiempo propio, el tiempo que yo decido, el tiempo que mi cuerpo necesita y no con la urgencia que viene de fuera, sino que con la urgencia que le damos según nuestras propias necesidades y presente interno.

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¿Resultado?

Menos arrugas, menos estrés, menos olvido, más alegría en el día a día y más caras  sonrientes.

 

Varinia Signorelli

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