Miedos de primeriza: Ocho temores que dejas atrás con la llegada de un nuevo hij@
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Miedos de primeriza: Ocho temores que dejas atrás con la llegada de un nuevo hij@

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Miedos de primeriza: Ocho temores que dejas atrás con la llegada de un nuevo hij@

En mi primera clase como profesora de lenguaje, sentí mucho miedo. Aunque la tenía muy preparada, estudiada y con tiempos marcados, no estaba tranquila realizándola. Me tiritaba la voz, estaba nerviosa y el objetivo que me propuse no se cumplió totalmente, porque el temor me lo impidió. Creo que al ser madre primeriza me pasó lo mismo. ¿Por qué? Porque uno se enfrenta a algo totalmente desconocido, a un terreno nuevo y por más manuales que leas o consejos que te den, si no estás tranquila o no te sientes segura, las cosas no resultan del todo buenas.

Y claro, como es desconocido, imposible dejar de lado la palabra miedo. Sientes angustia de que las cosas no salgan como esperas, de saber si lo estás haciendo bien o si todo va encaminado. A medida que los meses pasan, esos temores se van disipando, ya que empiezas a conocerte con esa personita. Y, aunque siga dependiendo exclusivamente de ti, te vas empoderando, vas descifrando comportamientos y te vas sintiendo más segura.

Pero, no solo el paso del tiempo te ayuda a la seguridad y tranquilidad. La llegada de un nuevo hijo, en mi experiencia, ha ido borrando un montón de miedos. Estás más tranquila, te sientes más experimentada y ya sabes lo que se viene.

A continuación elaboré un listado de ocho miedos que dejas atrás con el nacimiento de un segundo hij@

1. Ansiedad y desvelo antes del parto 

Alrededor de un mes antes que naciera mi primera hija, me desvelaba todas las noches. Junto con las inevitables idas al baño que te despiertan en la madrugada, me costaba un mundo volver a dormir. Era casi un ritual: 4 de la mañana, yo despierta y mirando el techo.

Creo que el cuerpo es sabio, te va preparando para lo que se viene, ya que tus noches por un buen tiempo no volverán a ser las mismas. Pensaba mucho en lo que se venía, cómo iba a ser todo, si estaría preparada, etc. Me desvelé casi todas las noches. Luego, con la lactancia, la desvelada fue obligada.

Cuando enfrenté mi segundo embarazo y faltaba un mes, me dije a mí misma: “Se viene el desvelo”. Me preparé para no dormir, seleccionando libros y series, pero, para mi sorpresa, dormí perfectamente todas las noches, a pesar de tener una pequeña infiltrada en la cama. No me desvelé nunca, salvo la noche que tuve contracciones.

Ya sabía a lo que me iba a enfrentar, mi cuerpo ya estaba preparado. El sueño venció todo ese miedo antes del nacimiento. Por lo tanto, mis noches antes del parto fueron muy tranquilas y descansadas. ¡Cómo las extraño!

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2. Lactancia

Creo que una de las cosas más lindas y a la vez difíciles de la maternidad es la lactancia. Que un ser indefenso dependa exclusivamente de ti y de tu capacidad de producir leche obviamente genera miedo y ansiedad.

Cuando nació mi primera hija, luego de no haber dormido nada esa noche por la emoción, llegó una matrona a darme muchas indicaciones: “Tienes que hacer un buen acople o si no te dolerá mucho”. “Eres blanquita, se te van a romper los pezones”. “Tienes que darle 15 a 20 minutos por lado”. Y así empezó mi aventura, obligando a mi hija que agarrara bien el pezón y tomando el tiempo con cronómetro. Me ponía tiesa cuando amamantaba. Estaba nerviosa, quería hacerlo bien. Se me rompieron los pezones, me dolía, salía sangre. No sabía si la alimentaba lo suficiente, me sacaba leche para saber cuántos ml estaba tomando.

En un principio no subió mucho de peso, a pesar de que producía mucha leche. ¿Por qué pasó eso? Porque los nervios no te ayudan, el reloj tampoco. Ponía hasta el despertador para darle más seguido, y en cada toma el miedo se apoderaba de mí. Finalmente, pude tener una lactancia exitosa, le di más de un año, pero siempre con el miedo de que no subiera de peso.

Con la llegada de mi segundo hijo todo cambió. Nunca más me tomé el tiempo, menos puse el despertador. Se me rompieron menos los pezones. Simplemente confío en que lo estoy haciendo bien, sin reloj, sin consejos, sin manuales. Solo sigo mi instinto. Me siento más relajada, ya no me complica la pechuga. Agradezco los momentos en que pasan más de cuatro horas en la noche para poder dormir un poquito más. Todo fluye mejor cuando estás tranquila, incluso la leche.

 

 

3. Miedo a que no respire

Creo que muchas mamás han hecho lo mismo. Cuando tu hijo se queda plácidamente dormido, queda una extraña sensación, sobre todo en la noche. ¿Estará todo bien? ¡No se escucha! Muchas veces en la noche puse mi mano encima de su cuerpito para comprobar que respirara. Y al ver que todo estaba bien, me quedaba más “tranquila”.

Con mi segundo hijo no tengo que hacer esas comprobaciones. Sé que está durmiendo tranquilamente y si pongo la mano, es solo para hacerle cariño.

4. Temor a sacarlo de la casa

Con la llegada de mi primera hija me daba mucho miedo salir. Me sentía segura en mi casa, protegiéndola, pero también sabía que me estaba haciendo daño. Recuerdo que la primera salida fue al control con su pediatra. Tuve que pasar a la farmacia a comprar una crema y lo único que pensaba era que quería volver a mi casa. Pensaba que tenía hambre, que se podía resfriar con el aire o que cualquier cosa del exterior le haría daño. Después de una semana decidimos darle una vuelta en coche a la plaza. También, tuve la misma sensación.

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No lo pasaba bien saliendo con ella, me daba miedo no poder arreglármelas ante un llanto en la calle o que se enfermara al tener contacto con otra persona. Obviamente con el paso del tiempo eso fue pasando, pero con mi segundo hijo ese miedo no se me vino a la cabeza. De hecho, me encanta salir a pasear con él, que tome aire. Es que es casi lo mismo estar afuera que en la casa. De hecho, una vez estaba en el supermercado y mi hijo se puso a llorar. Lo calmé lo más que pude, pero seguí en lo que estaba. No podía dejar todo el carro botado e irme, aunque creo que como madre primeriza lo hubiese hecho.

5. Miedo a que se enferme

A propósito de resfríos y enfermedades, con la llegada del segundo hijo uno se vuelve más tolerante con los mocos y la tos. Con mi primera hija, apenas aparecía un signo de resfrío, le mandaba un whatsapp a su pediatra o la llevaba a su consulta para saber lo que tenía. Y claro, como se enfermó bastante en sus primeros 2 años (nada grave por suerte) fueron varias visitas a su doctor.

Mi segundo hijo tiene tres meses y ya ha tenido tres resfríos. Como su hermanita va al jardín, inevitablemente lo ha contagiado, pero también por suerte han sido solo resfríos comunes sin complicaciones. Yo ya sé cómo actuar, y aunque de todas formas lo escucho toser y me muero de pena, ya no siento angustia por un resfrío.

6. Hacer las cosas cotidianas

Creo que a muchas mamás les pasa, con la llegada de un hijo todo se vuelve más pesado, incluso hacer actividades cotidianas como ir al baño o ducharte.

Con mi primera hija metía la cunita al baño, para no dejarla sola. Si me duchaba, lo hacía solo cuando estaba durmiendo y muy rápidamente, con miedo a que se despertara. Recuerdo una vez que despertó y salí con el champú en la cabeza para calmarla. Para almorzar, movía el coche todo el rato para que estuviese tranquila.

Ahora todo es distinto. Aunque mentiría diciendo que ya no muevo el coche, las actividades diarias las hago más relajada. 

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7. Miedo a salir sola

Aunque tengas un marido que ejerce su paternidad, una excelente red de apoyo o alguien súper confiable para dejar a tu hijo, no hay nadie como tú. Y eso puede ser un gran peso para una madre primeriza, porque a veces tienes que salir y no te sientes a gusto dejando a tu guagua chica encargada a alguien.

Mi primera salida sola fue al control con el ginecólogo luego de la cesárea, y me sentí pésimo. No dejaba de pensar en mi hija y, aunque había tomado todos los resguardos y le había dejado mucha leche, me sentía angustiada pensando que a lo mejor estaría llorando o que me echaría de menos. Obviamente la que la echaba de menos era yo, porque ella durmió toda mi salida. Y aunque poco a poco uno retoma la vida normal y empieza a salir más seguido, siempre hay una incertidumbre si es que acaso está bien.

Con mi segundo hijo no he salido mucho sola tampoco, pero las veces que lo he hecho he estado tranquila. El miedo a que te necesite desesperadamente o la culpa por dejarlo solo no me invade, porque sé que va a estar bien y que llegaré a estar con él luego.

8. Miedo a la noche

Cuando volví de la clínica a mi casa luego del primer parto y el sol se empezó a esconder, una extraña sensación de angustia se apoderó de mí. Pensaba en que no iba a dormir nada, que mi hija iba a llorar toda la noche y que yo no sabría cómo enfrentarlo. Cada vez que se hacía de noche me ponía a llorar, a veces escondida, por el simple miedo que me provocaba la oscuridad. Cierto es que muchas noches las pasamos en vela o con pocas horas de sueño, pero nunca fue terrible.

Ahora, con dos hijos, lo único que quiero es que llegue la noche: para descansar, hacer mis cosas, compartir con mi marido  y para tener ese espacio íntimo con mi hijo más pequeño. Y aunque no duermo mucho todavía, la noche se ha vuelto en una instancia muy especial y reconfortante.

Sé que mis hijos todavía son pequeños y que aún me quedan nuevos miedos por enfrentar. En toda esta aventura he aprendido que, al igual que al dictar una clase, la experiencia te ayuda, pero sobre todo la tranquilidad y la confianza en ti misma.

Y tú, ¿qué miedos has superado?

Carol Jaeger

Profesora de Lenguaje

Mamá de Laura y Lukas

Instagram @charolojae

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