Dieta del amor: La cruzada de una madre por su hija con alergia alimentaria
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Dieta del amor: La cruzada de una madre por su hija con alergia alimentaria

Alimentación

Dieta del amor: La cruzada de una madre por su hija con alergia alimentaria

Fui mamá por primera vez en Octubre del 2016, ahí comenzó toda esta historia. Nos íbamos felices para la casa con una niñita hermosa y muy sana. Separados por más de mil kilómetros de distancia con nuestras familias, vivimos junto a mi marido algunos días enredados en la locura que significan los quehaceres diarios de un recién nacido en casa.

Pero con el pasar de los días, comenzamos a notar que algunas cosas no andaban bien. Con mi marido somos médicos, pero al parecer la “ma-paternidad” nos hizo olvidar nuestros conocimientos casi por completo, porque sentíamos que pisábamos un terreno completamente desconocido.

Elenita, con 15 días de vida, seguía con ictericia, se alimentaba mal, y se veía muy delgada. No había recuperado su peso de nacimiento y vomitaba más de la cuenta. Sus deposiciones eran muy abundantes y liquidas. Pero según el pediatra, todo estaba dentro de lo “normal” para un recién nacido. Su ánimo era bueno, y casi no lloraba, por lo que nos mandó a relajarnos.

Algo no anda bien

Así pasaron los días, cambiando pañales con deposiciones líquidas hasta 10 veces en el día, vómito tras vómito, pero con una guagua muy sonriente y alegre, que aparentaba estar sana.

Al mes y medio de vida, Elenita comenzó a rechazar el pecho. Teníamos lactancia a libre demanda, alcanzaba a tomar un par de segundos leche y comenzaba a llorar desesperadamente, me empujaba hacia atrás y me miraba con cara de pena, y no tomaba más. Podían pasar muchas horas así en el día. Descubrimos que si yo me sacaba leche y se la dábamos en una mamadera, se la tomaba sin problemas mientras dormía, y así seguimos. Mientras, nos seguían diciendo que estaba todo normal.

A los 2 meses y medio, una noche mientras la mudaba, apareció sangre en el pañal, me puse a llorar automáticamente. Sabía exactamente lo que estaba pasando. Se llamaba Alergia a la proteína de la leche de vaca (APLV). Esa noche recuerdo que no dormí nada, me amanecí estudiando, leyendo, buscando horas con especialistas en Santiago y pasajes para poder viajar.

Dieta del amor 

Al día siguiente vino la tarea de revisar la despensa, y darse cuenta que todo tenia leche de una u otra forma, era realmente increíble. Tuve que botar todo, y partir desde cero.

Ese día comenzó mi dieta de exclusión, que me gusta llamarla “dieta del amor”. Este nombre describe el proceso en su máxima expresión. Y es que implica restringirnos de tal manera que casi llega a ser insostenible, no por beneficio propio, ni por sentirnos mejor, sino que por el bienestar de otra persona, un ser pequeñito e indefenso que te tiene a ti, como su alimento  y tratamiento. Además es un nombre que engloba solo cosas positivas. Por lo mismo, ese mismo día me propuse no quejarme, no culpabilizarme, ni amargarme. Había que hacer las cosas bien, porque es lo que nos había tocado y punto.

La idea de esta dieta, es eliminar de la alimentación de la madre todos los alimentos que potencialmente puedan causar alergia al niño, para así continuar con la lactancia materna, que es lejos el mejor alimento que puede recibir un bebé.

En un principio eliminamos la leche de vaca y todos sus derivados. Tarea no menor, considerando que la gran mayoría de los alimentos procesados, contiene caseína, la proteína de la leche, que figura muchas veces con nombres distintos. Fue así como me volví experta leyendo etiquetas, tras pasar largas horas en el supermercado las primeras veces.

Como no hubo buena respuesta en el primer mes, la especialista nos fue retirando muchos más alimentos, entre ellos la soya. Junto a este último alimento, se terminan de eliminar todos los productos industrializados como el pescado, los mariscos, los frutos secos, el huevo, las legumbres, el trigo, maíz e incluso algunas frutas y verduras.

Es por esto, que entras en un estado de incertidumbre en que sospechas que todo le hace mal a tu guagua. Y es aquí donde no hay que decaer, porque el ánimo se ve realmente muy afectado.

Al comienzo se hace difícil, es aprender a comer de nuevo, limitaciones al salir de tu casa, bajas de peso importantes, miedo a tener que volver a trabajar pensando cómo se alimentará tu guagua, licencias médicas rechazadas, pruebas de alimentos erróneos, todo es ensayo y error.

Pasamos meses sin ver ninguna mejoría en Elena, seguía baja de peso según las curvas de crecimiento, las diarreas con mucosidad no cesaban. Solo había dejado de sangrar, y ese era el único indicio que de la dieta estaba resultando.

Yo agregaba alimentos “nuevos” a mi dieta cada cinco días, uno por uno, anotando todo en un cuaderno. Creo que nunca pude llegar a una conclusión de qué le hacía mal, y qué no. Solo había días en que estaba menos mal que otros.

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¿Fin de la leche materna?

Cuando tenía seis meses, recuerdo que probé una mermelada de mora hecha por mi mamá, y Elena al día siguiente volvió a sangrar. Ahí decidimos como familia que la dieta se acababa, y era hora de comenzar a darle alguna leche especial y terminar con la lactancia. Tuvimos cinco intentos  con fórmulas especiales, todas con mal sabor y muy costosas, ninguna funcionó, es más, cada día estábamos peor.

Fue en el momento de máxima flaqueza cuando me propuse a seguir con esto. Debía continuar con la dieta hasta que fuera necesario, porque seguía siendo la mejor opción para nuestra hija en ese momento.

El momento de iniciar la alimentación complementaria se presentaba como un nuevo desafío, era un miedo extra, ya que significaba comenzar de cero nuevamente probando alimentos, con la diferencia en que iban directo en ella. Afortunadamente todo comenzó a mejorar, lentamente, pero había cambios, y eso era alentador.

Ya han pasado más de 16 meses de dieta y 18 de lactancia materna. Elena sigue siendo alérgica a la leche de vaca y cabra, pero ya está comiendo casi todo lo demás, solo falta volver a intentar con algunos cítricos que anteriormente le hicieron mal. Siento que ya estamos al otro lado del camino, y ya pasó lo más difícil.

Ahora miro hacia atrás y creo que hemos crecido mucho como familia, y ganado un montón de cosas.  Desarrollé un lado de mí que no sabía que existía. Además debo destacar que jamás me sentí poco comprendida, tratada de exagerada o juzgada por mi entorno, y creo que eso se dio, en parte,  por la forma en que decidimos llevar esto.

El mensaje que quiero dejar a las mamás que están pasando por lo mismo, principalmente las que están comenzando esta travesía, es que se puede. Siempre se puede, porque el amor de madre es mayor que cualquier otra cosa. Agradezco que no nos haya tocado tan difícil, comparado con otras familias que deben lidiar problemas de salud muchos más graves.

Hoy veo a mi hija correr y jugar como una niña sana, sin ninguna limitación, y eso es maravilloso.

Claudia Acevedo. Médico cirujano,  Diplomada en nutrición infantil.

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